Sucede que a veces nada pienso.
Sucede que no veo ni siento.
Aún con los ojos abiertos.
Sucede que me marcho
sin mover los pies del suelo.
Y no estoy en ningún lado.
Sucede a veces la muerte,
salvo un rebelde bombeo
imperceptible y lejano.
Tengo un recuerdo de noche.
Andábamos bajo la lluvia
callados como plumas,
empapados como peces.
Gruesas gotas resbalando
por todo el cuerpo
sin importarnos apenas nada.
Tengo un recuerdo de luces
y neones intermitentes,
y de calles vacías con su
negrura brillante y muda.
Grandes avenidas bañadas
de agua y reflejos.
Tengo un recuerdo de haber
vivido y amado,
de pasos como chasquidos
que ansían ir más allá de la ciudad,
velozmente rozando
la superficie del mar
en una jauría de chispas líquidas
y relámpagos eléctricos.
Tengo un recuerdo
de sombras húmedas
moviéndose a cámara lenta
bajo infinitas cortinas
de agua plateada,
lloviendo sin pausa.
Allí íbamos nosotros,
como si fuéramos a la nada,
andando bajo la lluvia sorda.
Como una hoja, ligera.
A merced de los vientos y las brisas danzo.
Ayer se fue llevándose el calor de su cuerpo
el último hombre al que amé.
Y hoy amanece frío el aire que respiro …
incluso juego con el vaho de mi aliento.
Sin aviso emerge como una burbuja
de subterráneo manantial
un desagradable y a la vez balsámico …
sentimiento de libertad.
Vuelvo a encontrarme conmigo
en soledad acogedora.
Quizá luego lo eche un poco de menos,
cuando oscurezca y encienda el fuego,
cuando me siente con un vaso de vino
y no tenga nada más en que pensar.
De momento me abandono al placer
de sentirse ingrávido como una pluma,
como se siente aquél que aún dudando
escapa de la nória de la costumbre.
Así el cortante aire de la mañana
es sobrio mensajero.
Y saboreo el agridulce no ser más que uno.
De nuevo... Alguien dice buenos días.
Pueblos,
imágenes de calles que caminan a mi lado,
conmigo…
todos vienen convirtiéndose en el mismo.
Todos los lugares
en los que dejé a mis reflejos reconocerme
desde un charco o el cristal de un escaparate.
Siempre tan incierta.
Pasos que caían como escamas de piel muerta,
hechos de sueño,
como alas de mosca, trenzados,
se colaban en la tierra, la piedra y el asfalto.
Eterno camino,
siempre diferente pero siempre el mismo.
Sombras veloces de los días,
de las estaciones, de los goces…
Despertar de nuevo en la carretera,
no querer recordar lo pasado,
siempre hacia delante,
…tal vez exista otro pueblo.
Tengo un pensamiento entretejido de olores,
sábana de aromas que ondea al viento,
tengo un pensamiento que te propone.
Ausencia sonora y blanca.
¿No está hecho el hombre de verdades e invenciones?
¿De ilusiones? … ¿De postizos y rellenos?
Tengo un pensamiento que me entretiene,
como un miembro fantasma,
vida después de la muerte.
Tales juegos juega la mente...
a merced de los vientos del samsara.
Hablo de un deseo que me ha desafiado
alzándose descarado, insolente,
… Ni tan sólo lo comprendo.
Yo misma contemplo su galopar absurdo.
Su inflamada cabellera.
Lo tozudo de su mirada.
Lo cobarde de mi doma.
Hay una silla en el tejado.
No es un tejado plano, sinó abatido.
Tal vez espere a un sedente imaginario
perteneciente a una dimensión paralela.
Sola frente a las montañas y los patios.
También yo soy una silla en el tejado.
Tan sola en su inclinación imposible.
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